Tuesday, July 12, 2011
Tuesday, January 2, 2007
. La tiotimolina y la era espacial
Isaac Asimov
La tiotimolina fue descrita por el
Dr. Isaac Asimov en 1960, cuando era
Profesor de Bioquímica en la Universidad
de Boston. Dadas las peculiares características
de esta sustancia, creemos que los
lectores de SF pueden sentirse interesados
por la misma, especialmente los que
sean químicos de profesión o estén estudiando
dicha ciencia.
(Transcripción de un discurso pronunciado en la doceava asamblea anual de la Sociedad Cronoquímica Norteamericana.)
Caballeros:
Se me ha considerado fundador de la cronoquímica y, en consecuencia, no puedo evitar cierta sensación de orgullo. Haber creado una nueva ciencia es privilegio que se concede a muy pocos.
Aún recuerdo, muy claramente, aquel día de 1947 en que eché una pizca de tiotimolina en agua y me pareció ver algo extraño. Desde luego, se disolvía rápidamente; a eso ya estaba acostumbrado. Pero parecía desvanecerse siempre en el instante en que tocaba el agua.
Yo nunca había manejado una muestra de tiotimolina tan pura como la que había obtenido aquel día de julio, y, mientras veía cómo el polvo blanco cala al agua, recuerdo claramente que pensé para mí: «Vaya, esto se disuelve antes de llegar al agua».
Bien, para ustedes es una vieja historia, lo sé, aunque a mí aún me gusta recrear la emoción del lento despertar de la certeza; de las mediciones; de los primeros cronometrajes aproximados a ojo; de las comprobaciones más delicadas con el endocronómetro original, el mismo instrumento que está ahora en el Museo Smithsoniano.
La revelación de la endocronía, del hecho de que existiese una sustancia que se disolvía en el agua 1,12 segundos antes de que el agua se uniese a ella provocó un revuelo. Todos ustedes lo recuerdan, caballeros, estoy seguro; y sin embargo, en cierto modo, da la impresión de que se considera la tiotimolina un fraude. Había un inconfundible tono de burla en muchos de los comentarios de la prensa especializada. Las comunicaciones privadas que me llegaron mostraban una inquietante tendencia a describir experimentos que, evidentemente, carecían de validez científica y que, no puedo por menos de admitirlo, eran una especie de broma. Quizás la prueba definitiva del daño que esto ha hecho es que después de doce años de existencia, la Sociedad Cronoquímica Norteamericana sólo puede reunir un público de quince personas para estas charlas.
Ha sido una broma costosa, caballeros, que puede significar la pérdida de nuestra primacía en la carrera espacial. Porque aunque algunos investigadores norteamericanos hayan obtenido con grandes dificultades ayudas para continuar sus investigaciones sobre la tiotimolina, se han visto limitados a experimentos de pequeña escala y han chocado con una actitud escéptica de sus colegas. La Unión Soviética ha fundado en los Urales Ciudad Kruschevk, cuyo nombre popular de «Tiotimolingrado» indica claramente el carácter de las actividades que se desarrollan tras las paredes de los modernos y bien equipados laboratorios científicos allí construidos.
No hay duda alguna de que la Unión Soviética se ha tomado muy en serio la tiotimolina, y nosotros sin embargo seguimos sumidos en la inercia. Ninguna personalidad política de relieve se ha alarmado por este hecho. Si han dicho algo públicamente, ha sido sólo: «¿Qué es eso de la tiotimolina?» Me propongo ahora explicar a esos políticos miopes lo que significa la tiotimolina para nuestros proyectos espaciales.
Las investigaciones sobre la tiotimolina pasaron de lo que podríamos denominar ahora la etapa «clásica» a la «moderna» con el invento de la «batería telecrónica», obra de los científicos Anne McLaren y Donald Michie, de la Universidad de Edimburgo. Si han leído algo sobre el asunto, han de ser sin duda clarividentes, pues la prensa popular y gran parte de la especializada han mantenido un terco silencio. De hecho, el artículo original.no apareció mas que en el pequeño, aunque prestigioso, Diario de Resultados Irrepetibles, que dirige el docto caballero Alexander Kohn. Permítanme que les describa la batería telecrónica.
El endocronómetro simple (con el que todos estamos familiarizados) es un instrumento que vierte automáticamente agua en un pequeño tubo que contiene tiotimolina. La tiotimolina se disuelve 1,12 segundos antes de que llegue a ella el agua.
Imaginen que se conecta el endocronómetro con una segunda unidad similar, de modo que la disolución de la tiotimolina de la primera active la pipeta encargada de verter el agua de la segunda. La tiotimolina de la segunda unidad se disolverá 1,12 segundos antes de que llegue a ella el agua, y en consecuencia, 2,24 segundos antes de que se vierta el agua en la primera unidad.
Por tanto, podría conectarse un número indefinido de endocronómetros, de modo que la tiotimolina de cada una de las series se disolviese 1,12 segundos antes de la unidad que la precede. Una batería formada por unas setenta y siete mil unidades de este género contendría una muestra final de tiotimolina que se disolvería un día antes de que se vertiese la cantidad inicial de agua.
Tales baterías se han construido ya en Edimburgo, y en mis propios laboratorios de Boston, en modelos extremadamente sólidos, utilizando circuitos impresos y miniaturización avanzada. Un aparato de sólo 20 decímetros cúbicos de volumen puede darnos un intervalo endocrónico de veinticuatro horas. Hay pruebas firmes, aunque indirectas, de que la Unión Soviética posee instrumentos aun más perfeccionados y que los fabrica ya en cantidades comerciales.
La aplicación práctica evidente de la batería telecrónica es la de la predicción del tiempo. En otras palabras, si el primer elemento de la batería queda expuesto al aire de tal modo que la lluvia, en caso de que la haya, cayese sobre él, el elemento último se disolverá el día antes, proporcionándonos así un método seguro para prevenir la lluvia (o la falta de ésta) con un día de antelación.
Creo que todos ustedes verán, caballeros, que la batería telecrónica puede utilizarse también para predicciones generalizadas.
Supongamos, para citar un ejemplo frívolo, que están ustedes interesados en una carrera de caballos determinada. Supongamos que se proponen apostar por un caballo determinado. Veinticuatro horas antes de la carrera, pueden ustedes decidir firmemente que si el caballo ganase al día siguiente, añadirían agua, inmediatamente después de recibir la noticia, al primer elemento de la batería telecrónica. Y que si no ganase, no lo harían.
Después de tomar esta decisión, lo único que deben hacer es observar el último elemento. Si la tiotimolina del último elemento se disuelve (a lo que seguiría toda una cadena de disoluciones a lo largo de la batería, a intervalos de 1,12 segundos, de las que no habría que preocuparse) podrán tener la seguridad de que el caballo ganará la carrera. Podrían incluso, si estuviesen de humor para ello, hacer que el elemento último activase una luz parpadeante, un timbre, o una carga explosiva; cualquier cosa que atrajese indefectiblemente su atención.
Se ríen ustedes, caballeros, y sin embargo, ¿no es cierto que podría aplicarse este sistema, sin ningún cambio, al lanzamiento de un satélite?
Supongan que se dispone que cuatro horas después del lanzamiento, un instrumento automático emplazado en el satélite envíe una señal a la base de lanzamiento. Supongamos que esta señal radiada activa el primer elemento de la batería telecrónica. ¿Se dan ustedes cuenta de las consecuencias? El envío de la señal cuatro horas después del lanzamiento indicará sin duda alguna que el satélite se halla sin novedad en órbita. Si no fuese así, se habría destruido antes de que hubiesen transcurrido las cuatro horas. En tal caso, si el elemento último de la batería telecrónica se disuelve hoy, podemos estar seguros de que mañana habrá un lanzamiento positivo, sin el menor problema, y podremos proceder a realizarlo.
Si el elemento final no se disuelve, el lanzamiento fracasará, y en consecuencia tiene que haber algo equivocado en el montaje del satélite. Un equipo de técnicos comprobará los instrumentos, y en el momento en que el defecto quede corregido, operará la batería telecrónica. El lanzamiento podrá programarse entonces con plena seguridad de éxito.
¿Aún siguen riéndose, caballeros?
¿No es ésta acaso la única explicación factible de los constantes éxitos soviéticos y de los tristes resultados de nuestros lanzamientos? Suele atribuirse, desde luego, el éxito ininterrumpido de los soviéticos en este campo al hecho de que han ocultado deliberadamente muchos fracasos, pero ¿se tiene en pie esto? ¿es que acaso no han logrado, con notable regularidad, prever éxitos y programarlos en el momento más oportuno para sus intereses?
El Sputnik I fue lanzado en el mes del centenario de Tsiolkovsky, el pionero soviético en el campo de los cohetes espaciales. El Sputnik II se lanzó para celebrar el cuadragésimo aniversario de la Revolución Rusa. El Lunik II lo lanzaron inmediatamente antes de la visita de Kruschev a Estados Unidos. El Lunik III en el segundo aniversario del Sputnik I.
¿Coincidencia? ¿O se trata sencillamente de la capacidad de previsión que les conceden sus baterías telecrónicas? ¿No habrán comprobado una serie de posibles montajes de cohetes y seleccionado el que la batería telecrónica les permite prever que funcionará? ¿De qué otro modo podemos explicar el que los Estados Unidos aún no haya logrado lanzar uno de sus cohetes en un día significativo?
No, recuerden, retrasan invariablemente los soviéticos sus anuncios hasta que están seguros de que han logrado un éxito, como han sugerido algunos. En un caso al menos, anunciaron el éxito por adelantado.
Cuando el Lunik III iba camino de la luna, los científicos soviéticos anunciaron confiadamente que enviaría imágenes del lado oculto de la luna cuando circundase ésta en su órbita. En lo relativo a la órbita del Lunik III estaban seguros. Por su movimiento y por las posiciones de la Tierra, la Luna y el Lunik, la órbita del Lunik III podía calcularse con absoluta precisión.
¿Cómo podían, sin embargo, estar tan seguros los científicos soviéticos de que los complicados elementos del ensamblaje de la cámara funcionarían a la perfección? ¿No sería que la ejecución positiva de estas tareas había sido predeterminada por la batería telecrónica en la base de lanzamiento? ¿No sería que la activación de la batería telecrónica les permitió anunciar el éxito un día antes de que se tomasen las fotografías con la plena seguridad de que obtendrían una gran victoria y un gran prestigio?
Yo sostengo que la respuesta es: indudablemente, sí.
¿Y qué me dicen de los futuros proyectos de enviar hombres al espacio? Supongan que el hombre se comprometiese a enviar una señal, manualmente, después de haber pasado un cierto tiempo del despegue. Una batería telecrónica nos diría entonces, mientras el astronauta seguía aún en tierra, que no sólo estaría en órbita sino que estaría vivo y al menos lo bastante bien como para enviar un mensaje.
Si la batería telecrónica continúa inactiva, no se enviará al astronauta. Así de simple. Dado que el factor decisivo para poder dar el paso de enviar un hombre al espacio es el posible peligro que éste puede correr, no hay duda de que la Unión Soviética logrará alcanzar primero el objetivo, debido a la cerrazón de nuestro gobierno en lo que respecta a la tiotimolina.
Lo más probable es que pueda extenderse el principio a toda clase de investigaciones científicas y no científicas. Se podría construir (en teoría) gigantescas megabaterías, para predecir el resultado de una elección que haya de celebrarse al año siguiente… pero ya me he extendido bastante sobre este punto. Permítanme, por tanto, que les haga algunas observaciones sobre los grandes peligros, y también sobre los grandes beneficios, que pueden derivarse de las investigaciones sobre la tiotimolina.
Comencemos con las más vieja de las paradojas de la tiotimolina: la paradoja del engaño. En otras palabras, la posibilidad de que se disuelva la tiotimolina y luego engañarla negándose a añadir el agua. El argumento original contra esta idea, según experimentos desarrollados en mi laboratorio, se relaciona con la teoría del átomo endocrónico, que se ha visto confirmada desde entonces por una media docena de distintos investigadores. Se fuerza a un par de enlaces de uno o más de los átomos de carbono de la molécula de tiotimolina, por medio de un obstáculo superestérico, a introducirse en el plano temporal. Un enlace se extiende 1,12 segundos en el pasado y el otro 1,12 segundos en el futuro. Cuando el extremo futuro de una molécula de tiotimolina se disuelve y arrastra consigo al resto de la molécula, no está por ello prediciendo un posible acontecimiento futuro. Está registrando un acontecimiento futuro real.
Sin embargo, se ha demostrado que es posible teóricamente engañar a la tiotimolina. Mediante el principio de incertidumbre de Heisenberg, se puede demostrar que no es posible asegurar con certeza que vaya a disolverse antes de que se añada el agua una molécula individual de tiotimolina y que, en realidad, las posibilidades de que no lo haga son bastante considerables.
No hay duda de que esto se cumple, en el caso de una molécula individual. Sin embargo, cuando se trata de quintillones de moléculas, como sucede incluso con las muestras microscópicas de tiotimolina que actualmente se utilizan incluso en las unidades individuales de las baterías telecrónicas más perfeccionadas, la posibilidad de que todos estos quintillones, o incluso una fracción apreciable de ellos no llegue a disolverse, es infinitesimal.
En realidad, en el caso de una batería telecrónica de varios miles de unidades el fallo del instrumento dependerá de que se produzca un fallo en la disolución de cualquiera de esas unidades. La probabilidad del «fallo Heisenberg», como ha pasado a denominársele, puede calcularse perfectamente, y algunos cálculos muestran, al parecer, que una batería dará un resultado positivo falso una vez de cada millón.
En tal caso, la unidad final de una batería telecrónica se disolverá aunque no se añada agua a la primera. En cierto modo se dará con mayor frecuencia el caso contrario; que la unidad final no se disolverá por adelantado aunque se añada agua a la primera. Naturalmente, la primera alternativa es más interesante desde el punto de vista teórico, planteándose la siguiente cuestión: ¿de dónde vino entonces el agua?
En mis laboratorios se ha hecho una tentativa de registrar una negativa falsa de este género que implique disolución sin posterior añadido de agua. Se dio así la posibilidad de crear materia de la nada y esto sería de gran importancia en relación con la teoría del universo estacionario de Gold-Hoyle.
El principio implícito en el experimento era muy simple. Uno de mis ayudantes dispuso una batería para añadirle manualmente agua al día siguiente, con el sincero propósito de continuar el experimento. Teóricamente, la unidad última se disolvería. Luego yo asigné al primer ayudante una tarea distinta y puse a otro al cargo de la batería con instrucciones de no añadir agua. Nuestra gran sorpresa fue descubrir que la unidad última se disolvía realmente, en estas circunstancias, una de cada veinte veces. Era una proporción mucho mayor de lo que podría explicarse mediante el «fallo Heisenberg». Pero, como enseguida se demostró, no se había «engañado» a la tiotimolina. Hubo siempre algo que provocó la adición de agua. En el primer caso, el ayudante que había iniciado el experimento volvió a añadir agua, antes de que pudiésemos impedírselo. En otro, hubo un derrame accidental. En otro, un conserje…
Pero resultaría aburrido describir el modo en que la tiotimolina evitó, digamos, que la engañasen. Basta decir que no pudimos registrar ni un solo ejemplo de «fallo Heisenberg».
Con el tiempo, claro está, comenzamos a protegernos contra los accidentes ordinarios y disminuyó la proporción de «seudo-fallos». Por ejemplo, colocamos la batería en recipientes cerrados y desecados; pero, durante un seudofallo, estos recipientes se agrietaron y se rompieron.
En nuestro último experimento creímos que nos hallábamos indudablemente ante un «fallo Heisenberg», pero al final, el experimento no quedó reseñado en la literatura científica. Yo intenté en vez de ello, sin éxito, dar cuenta de sus implicaciones a los funcionarios correspondientes. Permítanme que les describa ahora el experimento:
Colocamos la batería en un recipiente de acero soldado después de que había registrado una disolución.
Y mientras esperábamos que llegase el momento en que hubiera que añadir agua, cosa que no pensábamos hacer, cayó sobre Nueva Inglaterra el Huracán Diane. Esto fue en agosto de 1955. El huracán estaba previsto, estaba localizado su curso y estábamos preparados para su llegada. Nueva Inglaterra había sido azotada por varios huracanes en los años 54 y 55 y estábamos acostumbrados a ellos.
Pero, en determinado momento, la Oficina Meteorológica anunció que el peligro había pasado, que el huracán se había desviado hacia el mar. Todos suspiramos con alivio mientras esperábamos el minuto cero.
Sin embargo, si alguno de ustedes estuvo en Nueva Inglaterra aquel día, recordará que la Oficina Meteorológica anunció más tarde que había «perdido» el huracán; se produjeron súbitas alteraciones atmosféricas; cayeron en muchos lugares en el espacio de una hora más de cien litros de lluvia por metro cuadrado; que hubo crecidas en los ríos y se iniciaron amplias inundaciones.
Yo observé aquella lluvia. Era un diluvio. Vi cómo el pequeño río que corría a través de la zona del recinto universitario se convertía en un torrente y comenzaba a inundar los campos y cubrían las líneas de arbustos agitadas sábanas de agua.
Pedí rápidamente un hacha. Uno de mis ayudantes me trajo una, y comentó después que yo parecía tan desquiciado que tenía cierto miedo a que me hubiese convertido en un maníaco homicida.
Abrí a hachazos aquel recipiente de acero. Saqué la batería telecrónica y a la fluctuante y grisácea luz de aquel día azotado por la tormenta, llené una probeta de agua y esperé el minuto cero, preparado para aplicar la dosis correspondiente a la batería en el momento adecuado.
Cuando lo hice, la lluvia amainó y el huracán se desvió.
No es que diga que fuésemos la causa de que volviese el huracán, pero sin embargo… aquella batería tenía que recibir el agua de algún modo; si aquel recipiente de metal hubiese tenido que ser arrastrado por la corriente y roto por el viento y el agua para que ésta llegase a la batería en el momento adecuado, hubiese sucedido así. La disolución original de la unidad final lo había predicho; o bien había previsto mi deliberada alteración del experimento. Elegí esto último.
Como resultado de todo esto, he pensado en lo que sólo puede llamarse una «bomba pacífica». Agentes enemigos trabajando dentro de una nación determinada pueden disponer baterías telecrónicas, y operarlas hasta que se dé el caso en que se disuelva la unidad última. Puede entonces encerrarse esa batería en una cápsula de acero, y colocarla junto a una corriente de agua muy por encima del nivel de ésta. Veinticuatro horas más tarde, ocurrirá inevitablemente una desastrosa inundación, pues sólo así podrá llegar el agua al recipiente. La inundación vendrá acompañada de grandes vientos, porque sólo así podrá romperse el recipiente. No hay duda de que se producirán así daños tan grandes como con el estallido de una bomba H, y sin embargo la batería telecrónica sería una «bomba pacífica», pues su uso no traería represalias y guerra. No habría razón alguna para sospechar que se tratase de algo más que de un acto divino.
Una bomba tal no exigiría gran despliegue tecnológico ni grandes gastos. Podrían disponer de ella hasta las naciones más pequeñas y los grupos de disidentes o revolucionarios más reducidos.
A veces, en mis momentos más morbosos, me pregunto si el diluvio de Noé, huellas del cual se han encontrado recientemente en sedimentos mesopotámicos, no sería provocado por experimentos con tiotimolina realizados por los antiguos sumerios.
Les aseguro, caballeros, que la tarea más urgente que se nos ofrece en este momento es la de convencer a nuestro gobierno para que proponga un control internacional de todas las fuentes de tiotimolina. Esta sustancia es inmensamente útil si se usa adecuadamente; e inmensamente dañina si se usa inadecuadamente.
No se debe permitir que llegue ni un miligramo de ella a manos irresponsables.
¡Les pido, caballeros, que emprendan una cruzada para defender la seguridad del mundo!
FIN
Titulo original: Thiotimoline and the space age © 1960
Publicado en Analog. Octubre 1960
Traducción de J. M. Álvarez Flórez.
Publicado en Nueva Dimensión nº 73.
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